Sol, solsticito

Donde uno se siente bien...

Donde uno se siente bien…

El solsticio de verano siempre ha sido un evento fascinante para la humanidad. Desde los grafitis de las cavernas hasta los rituales de Stone Henge y otros puntos álgidos de la cultura mundial a través de los siglos; y seguramente lo seguirá siendo cuando encontremos una manera permanente de descalabrar el eje de rotación del planeta y quien sabe que celebraremos entonces. (Tal vez la vaciada de un océano sobre un continente y viceversa).

A mí me gusta el solsticio desde que vivo en el hemisferio norte, puesto que estas cosas a la altura del ecuador son tan notorias como la reversa de un Boeing. Me gustaba en Barcelona por la fogata playera de la nit de sant Joan, así me tocara mear detrás de un árbol (tema para otro blog), por la coca de sant Joan (un pancito dulce propio de la fecha) y por el hecho de que la tradición pagana de celebrarle las vainas al astro rey no le dejó al vaticano más opción que ponerle nombre de santo a la fecha y legitimar el jolgorio de una u otra manera. Pero no me crean a mí que hace mucho que no voy por esos lares y no puedo confirmar los detalles.

En esta, mi otra patria, el verano arranca en Mayo, casi un mes antes del solsticio. Y no es porque el sol le corra al tío Sam para acelerar el verano, sino por pura conveniencia administrativa de poner un festivo que declare la temporada vacacional comenzada y poder empezar a cobrar la entrada a la playa apenas se pueda meter un pie al mar.

Para mí, el tiempo que pasa entre Memorial Day y el 21 de Junio es la época de recargar el pase de los peajes que hay desde mi casa hasta Asbury Park. También es el tiempo de desempolvar las sillas de playa y mandar a lavar las toallas de colorinches que siempre olvido guardar con naftalina cada Septiembre. Es la época de abrir el marranito y comprar el pase ilimitado de la feria que arman en el parqueadero del estadio de los Giants (que ahora se llama Met Life Stadium) y poder callar la voz de la razón que me impide consumir azúcar a granel y ceder ante los siropes pegachentos de los slurpees, las migajas espolvoreadas de los funnel cakes y los baldados de limonada aguada que valen lo que vale una botella de vodka en una licorera.

Este año escribo sobre el solsticio porque el regreso a las playas estaba muy en veremos tras los estragos de la tormenta. Pero tras dos horas de tráfico, no puedo alcanzar a describir la felicidad de asomarme al boardwalk y ver que todo está recuperado, que la arena pedregosa sigue ahí y que el mar no sube ni un grado de temperatura, así que sigo sin meterme al agua; tal cual como todos los años anteriores. La furia de Sandy se llevó mar adentro a la montaña rusa de Seaside Heights, pero no pudo ahogar los recuerdos, nuevos y viejos, que quienes amamos este Jersey Shore y no podemos mantenernos alejados por mucho tiempo de sus boardwalks, sus helados, sus salvavidas que pitan más que guachimán haciendo ronda y todas las maricaditas que se encuentran a su alrededor.

Yo sé que mi tropicalidad se ve severamente limitada por lo breve de la temporada y por el higiénico entorno de estas playas, puesto que aquí nadie pasa vendiendo cocadas in coctel de camarón. Pero créanme que este también es un reino digno de mis chancletas y uno se acostumbra a todo; hasta a no pedir rebaja en la limonada porque no dan ñapa.

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