Víctima de la Gravedad

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Malas ideas, y esta.

Acabo de terminar de sufrir otro asalto sensorial y financiero al ir a disfrutar de la película “Gravity” de Alfonso Cuaron en imax y 3D. O sea que salí de mi casa con sesenta barras y regresé con moneditas, pero valió la pena porque probablemente sea la película más hermosa y perfecta que se haya hecho hasta el momento sobre la realidad actual de la carrera espacial humana.

Esta es de esas películas que hacen soñar, así sea por un muy breve instante, como sería salir a ver el planeta desde afuera. La nitidez de la imagen y el sonido logran hacer que uno se olvide de las limitaciones terrestres y alcance al menos a vislumbrar lo que es estar en un lugar que no es compatible con la vida humana. No les voy a arruinar la película contándola aquí porque creo que esta es de esas cosas que todo el mundo debería ver por sí mismo, solo voy a decir que cualquier asomo de esperanza que yo personalmente pueda tener de ir al espacio quedó machacado contra la superficie terrestre a los cinco minutos de arrancar la historia.

No crean que es fácil escribir esto. Renunciar a un sueño de toda la vida porque te lo acaban de aplastar en pantalla gigante nunca va a ser agradable pero creo que tengo la responsabilidad social de ahorrarle a la humanidad el desastre que representaría cargar conmigo atmósfera afuera. Porque, sinceramente, en los sesenta y cinco o más años que me queden, no creo que lleguemos al punto del desarrollo tecnológico de Star Trek en el que las naves espaciales son como cruceros de lujo con todos los juguetes y el único entrenamiento necesario para abordar es saber hacer el saludo vulcano o pedirle comida al replicador. La realidad es que salir de la Tierra hoy por hoy es un asunto complicado, costoso y desprovisto de todo brillo o glamur fantástico, lo cual nos deja solo con la ciencia pura y esta mas que comprobado que para eso, no tengo remedio. Quien quiera ir al espacio debe no solo ser un científico destacado sino un atleta en forma, un explorador intrépido, con nervios de acero, capaz de enfrentar las adversidades más descabelladas y siempre listo para colgar el traje espacial cuando las cosas se pongan peludas.

Es un desperdicio y un desastre que yo vaya al espacio. Y ojo que no es por el hecho de ser mujer, es simplemente por el hecho de ser yo. Obviamente de científica no tengo ya ni la calculadora Casio esa larga de tapa negra en la que ponía el machete de todo el semestre así la materia no tuviera nada que ver con números. De atleta no tengo ni el pie, afortunadamente, pero me canso corriendo media cuadra y no hago ni media lagartija así me prometan helado de recompensa. Desafortunadamente mi mullido abdomen y mi frágil cuello difícilmente me responden a un “g” de gravedad, ahora imagínense someter tan blandas partes a tres, cuatro, cinco o más unidades durante las maniobras de despegue y reentrada, ya se imaginaran quien será a la que tengan que sacar cargada del trasbordador o la que probablemente termine vomitándose dentro del casco. Por cierto, no esperen nada bueno de mi interacción con el traje espacial, lo más probable es que me quede alguna hebilla sin abrochar o no dé para enroscar las partes móviles de la manera exacta porque yo soy la clase de persona que no pasa media hora sin tener que volver a amarrarse los tenis porque nunca le cuadra el moñito y que casi siempre le toca reiniciar la abotonada de la camisa porque le quedó coja de un extremo. Eso por no mencionar que no me hace ni cinco de ilusión ir a pasar semanas sin agua y jabón, porque ya saben que en caso de apocalipsis zombie, si no muero mordida, fijo me muero del asco al tercer día de no poder bañarme yo o los que me rodean. Después de todo esto todavía queda la duda de que es exactamente lo que iría yo a hacer al espacio que justifique la inversión y el esfuerzo. ¿Iría a hacer lo mismo que hago cuando voy de viaje? ¿O sea ir a tomarme fotos pendejas y después regresar a escribir algún blog flojongo al respecto? ¿Quién necesita una contadora-escritora para una misión espacial? Ni los episodios más hueseros de relleno de la peor serie de Star Trek se adentraron nunca a explorar tan escabroso escenario.

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Live long and prosper, bitches.

Pero si por alguna macabra ironía del destino, llego a poner cualquier parte de mi en una nave espacial con destino no-la-tierra, sugiero a mis compañeros de viaje que pongan pies en polvorosa (nunca mejor dicho), que hagan huelga, se amotinen o lo que sea necesario para impedir que yo vaya con ellos, porque además de no aportar nada edificante, soy un desastre ambulante en condiciones físicas conocidas. Me tropiezo con todo como cucarrón mierdero, rompo cosas delicadas, no sigo el método científico, necesito notas para todo, no soy capaz de formular hipótesis a partir de observaciones directas ni de contribuir a un juego de teléfono roto, ahora menos de comunicar efectivamente cosas importantes por radio. El día que haya que maniobrar un acoplamiento de equipo, lo más probable es que yo piense que se trata de un evento de coplas y me ponga  a recitar algo de Rafael Pombo, o sea más perdida y estorbosa, imposible.

Mejor dicho, si algún día están embarcándose hacia la frontera final, y ven que yo voy subiendo a la nave, sepan que tienen más posibilidad de sobrevivir un viaje con el octavo pasajero que conmigo. Quedan advertidos.

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