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Un tinto en el día del café

Dispensador de tinto

Dispensador de tinto tradicional

“Tinto” sí que es una palabra bien internacional, puesto que sirve para denominar varias cosas, según en qué lado del planeta se pronuncie, así que en aras de la cultura y la integración, tomaré un momento para enumerar las definiciones que conozco y utilizo de dicha palabra:

  1.  Tinto puede ser algo que ha sido untado de tinta o de una sustancia difícil de limpiar El cliché más popular es relativo a la sangre siendo la sustancia complicada y se usa para explicar que algo quedó como el final de un capitulo de True Blood. Yo prefiero darle un uso menos tenebroso a la palabra y decir algo por el estilo de “tinto en coca cola” para referirme al acto de echarme la gaseosa encima por culpa de una mesa de pata coja en una chaza de perros calientes en Barranquilla.
  2. Tinto puede ser un vino rojo. En España, pedir un tinto sin más, invariablemente lleva a que le sirvan una porción minúscula de la botella, caja, porrón o barril que hayan determinado como “de la casa” en el establecimiento. También hay tinto de verano, que es vino frio con gaseosa transparente. Ojo, no confundir con el calimocho o con la gente tacaña que rinde el vino con Bretaña para las visitas.
  3. Tinto, en su más criolla acepción, es un simple café negro, solo, sin perendengues ni chucherías acompañantes. Puede ser generosamente servido en taza, pocillo, totuma o termo; o bien puede ser dispensado en cualquier esquina en un vasito mínimo, a razón de doscientas o quinientas barras según el tamaño.

Obviamente que este escrito se refiere a la tercera definición de tinto. No tengo mucho que aportar de nuevo porque la verdad es más sentimiento que otra cosa. Como declaró mi amiga Sara por allá en twitter: “El café es sinónimo de bienestar” y eso se confirma en casa de mi abuelita, donde sin falta, se pone la olla (o cafetera, nunca supe bien que era) al caer la tarde, y alrededor de la mesa, sobre el mantel de huequitos, se van despachando las bebidas y las cosas de la vida. El olor a tinto me trae el recuerdo inmediato de esa mesa y de las señoras de mi familia materna echando rulo y riéndose de todo. El ritmo de los pocillos sobre los platos de flores lavanda con bordes dorados es la banda sonora de mis tardes de vacaciones de fin de año, en una época cuando vacaciones significaba no hacer nada.

En mi primer hogar, la del café es mi mami, que no falla en empezar y terminar el día (y pasarlo, directamente) con su tinto eterno e hirviente, que se le enfría mientras se encarga de sus oficios de mamá, abuela, u operadora telefónica de la red familiar. Cargado de grano y azúcar, el tintineo de la cucharita contra la taza es como el GPS que me permite ubicarla en cualquier rincón de la casa y que me reconforta en las escasas mañanas que amanezco por allá.

Raro es que a mí no me guste el tinto y poco el café con leche, o que sea más fan del té. Me pasa al contrario que a la iguana ribereña y rebelde de la canción. No se me ha pegado el gusto gringo por jartar galones de tinto aguado a diario y no creo que se me vaya a pegar ya. Aunque me digan hereje por echarle tres cuartos de leche y seis cuartos de azúcar a las esporádicas tazas de café que tomo, hay dos excepciones a esta preferencia. Una es el café de olla mexicano. No me pregunten qué es ni que tiene, solo sé que incluye canela y quien sabe que otras especias mas y que lo sirven en una jarrita de barro, ni muy caliente ni muy frio y que al probarlo, suena en mi cabeza la música del Buki. Les advertí que no preguntaran…

La otra excepción es el diminuto tinto de vendedor ambulante que tomo en el centro cívico de Barranquilla o en sus alrededores. Esta consumición es un evento tan raro, que da para escribir blog en el día del café, ya que tienen que darse varias condiciones al tiempo para que ocurra. Primero, tengo que estar físicamente en barranquilla, tengo que ir hasta el centro cívico, parquear, caminar hasta el edificio, tener las moneditas listas y armarme de paciencia para esperar que baje el hervor y poder tomármelo, pero eso no importa, porque comprar ese tinto, significa que estoy con mi mami, participando así sea en calidad de adorno en sus labores diarias de abogada, sintiendo aunque sea por unas horas, que nunca me fui y que no hay años y kilómetros de por medio. O mejor aún, asomándome por un instante a un universo paralelo en el que yo algo tengo de doctora y ejerzo a su lado, taconeando el granito de los pisos de los juzgados y haciendo malabares con hojas tamaño oficio porque algún uso hubo que encontrarle a mi incipiente desorden obsesivo-compulsivo. Así que aunque no me guste el tinto, si es el del centro cívico, lo tomaría por litros.

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Confesiones de una #pocosfollowers

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Problemas del primer mundo

Tuiter es una de esas cosas que uno no sabe bien que es hasta que se mete en ellas y cuando las viene a entender, ya es muy tarde para arrepentimientos.

Todo comenzó como comienzan las cosas del internet, sin sentido o propósito definido. Como cuando en 1994 le dije a mi papi que necesitábamos internet en la casa y el dijo: “¿Enterqué?”, a lo que yo contundentemente repliqué: “Mira papi, no te lo puedo explicar ahora, pero internet es para donde va el mundo y no podemos quedarnos atrás”. En retrospectiva, todavía no se si mi papi compró el computador con fax modem porque confiaba en mi y en mi visión de futuro o porque era más barato y menos doloroso que escucharme exponer los detalles del estado de las telecomunicaciones modernas del siglo XX. Pues algo similar me pasó con Tuiter, donde tengo cuenta desde mucho antes de tener plan de datos en el celular pero que nunca usé hasta el 2012.

La verdad no entendía muy bien cómo funcionaba y el password se me olvidaba cada dos días, así que lo primero que hice cuando conseguí una panela pre pagada con plan de datos, fue instalar el app y dejarlo conectado permanentemente. Acto seguido me dediqué a encontrar a la gente que quería seguir, o sea al elenco de todas las star trek habidas y por haber, los tipos buenos que antes no podía acosar por otros medios y los muy contados amigos que ya usaban Tuiter. Escribí en mi bio algo así bien elegante y auténtico sobre mí misma, escogí un fondo de TL con florecitas y decidí adoptar el nombre de mi heroína noventera, Daria Morgendorffer como Nick aunque mi arroba fuera mi muy original y telenovelesco nombre verdadero. Luego quedaba lo de la foto del avatar por resolver, para lo cual le tomé una foto al primer gato que se me atravesó en la casa y listo, solo era cuestión de sentarme a esperar que las masas descubrieran lo divertido e interesante de mis apuntes, lo maravilloso de mi libro y mis proyectos de libro y me llegaran los seguidores por miles.

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La emocion

Pues eso no pasó nunca porque, al igual que en la vida real, eso de ser auténtica solo da para que muy poca gente lo aprecie, lo cual esta fielmente reflejado en el número de seguidores que tengo actualmente. Intenté contar chistes, poner fotos, promocionar los blogs; nada. Era como si no hubiera clientela para esta personalidad que tanto triunfa en el cara a cara. Llegué a cuestionarme muy seriamente si tal vez debería crear otra versión de mi misma que fuera más atractiva que la verdadera yo, pero como la clonación todavía es ilegal en casi todo el mundo, me tocó conformarme con tratar de abrir otra cuenta a ver si nadie se pillaba que era yo y ahí si me iban a llover los seguidores. Tampoco fue por ahí la vaina porque eso de la doble identidad solo se lo maman Batman, Superman y algún tipo casado de esos que pegan cachos hasta con el palo de una escoba.

¿Entonces qué me quedaba? Pues hacer una tuitcam, lógicamente. El problema de Tuiter es que me limita a 144 caracteres cuando yo soy de muchas, muchísimas palabras. Esa era la solución; iba a transmitir un monologo tertuliado en vivo vía internet para que quienes no me conocieran supieran de lo que se estaban perdiendo al no seguirme en Tuiter. Anuncié la tuitcam, me maquillé, me peiné y puse la camarita del laptop. Apenas abrió tuitcam, puse música de mi selecta colección (algún punchis noventero minitequero), invité a mis gatos a hacer cameos y empezó a subir el conteo de espectadores del evento. ¡Estaba funcionando! Todo era risas hasta que quité la música y empecé a hablar. Ahí si se fueron yendo los espectadores como quien huye de un ascensor peado. Y eso que pasé una hora y media disertando sobre las implicaciones logísticas, geopolíticas, socioeconómicas y morales del apocalipsis zombie. Pero al parecer al pueblo no le preocupa que el mundo se vaya a acabar así y me ignoraron vilmente como si yo fuera una loca por tratar de abordar objetivamente y apoyada en argumentos sólidos un tema que me preocupa y me concierne. En fin, fue un desastre lo de salir en tuitcam.

Ya no me quedaban muchas opciones, así que le asigné a mi Tuiter un valor nominal de tres tiras del pellejo de la predilección de mis pocos seguidores y me dediqué a narrar la temporada 2013 de Formula 1, que estuvo tan aburrida después de Mayo, que alcancé a vislumbrar una esperanza de por fin triunfar con mi sagacidad automovilística y bagaje cultural internacional. Resulta que al pueblo tampoco le gusta leerme garoseando a los pilotos del Formula 1 o carboneando los chismes de la “silly season”.

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Es culpa de Jenson Button

Y así me va en las redes sociales; tal cual como en la vida misma donde tengo poquísimos, contados seguidores, fieles a morir sin importar cuanta pendejada escriba o que tanta pena ajena les haga dar allá o en persona. En cuanto a lo de conseguir followers, pues siempre puedo mandar a fotochopear alguna foto del 2003 a ver cuántos incautos pesco con el avatar…o puedo hacer otra tuitcam para profundizar en las ramificaciones culturales del abuso de los memes en internet. Que digan mis pocos followers que prefieren.

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Víctima de la Gravedad

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Malas ideas, y esta.

Acabo de terminar de sufrir otro asalto sensorial y financiero al ir a disfrutar de la película “Gravity” de Alfonso Cuaron en imax y 3D. O sea que salí de mi casa con sesenta barras y regresé con moneditas, pero valió la pena porque probablemente sea la película más hermosa y perfecta que se haya hecho hasta el momento sobre la realidad actual de la carrera espacial humana.

Esta es de esas películas que hacen soñar, así sea por un muy breve instante, como sería salir a ver el planeta desde afuera. La nitidez de la imagen y el sonido logran hacer que uno se olvide de las limitaciones terrestres y alcance al menos a vislumbrar lo que es estar en un lugar que no es compatible con la vida humana. No les voy a arruinar la película contándola aquí porque creo que esta es de esas cosas que todo el mundo debería ver por sí mismo, solo voy a decir que cualquier asomo de esperanza que yo personalmente pueda tener de ir al espacio quedó machacado contra la superficie terrestre a los cinco minutos de arrancar la historia.

No crean que es fácil escribir esto. Renunciar a un sueño de toda la vida porque te lo acaban de aplastar en pantalla gigante nunca va a ser agradable pero creo que tengo la responsabilidad social de ahorrarle a la humanidad el desastre que representaría cargar conmigo atmósfera afuera. Porque, sinceramente, en los sesenta y cinco o más años que me queden, no creo que lleguemos al punto del desarrollo tecnológico de Star Trek en el que las naves espaciales son como cruceros de lujo con todos los juguetes y el único entrenamiento necesario para abordar es saber hacer el saludo vulcano o pedirle comida al replicador. La realidad es que salir de la Tierra hoy por hoy es un asunto complicado, costoso y desprovisto de todo brillo o glamur fantástico, lo cual nos deja solo con la ciencia pura y esta mas que comprobado que para eso, no tengo remedio. Quien quiera ir al espacio debe no solo ser un científico destacado sino un atleta en forma, un explorador intrépido, con nervios de acero, capaz de enfrentar las adversidades más descabelladas y siempre listo para colgar el traje espacial cuando las cosas se pongan peludas.

Es un desperdicio y un desastre que yo vaya al espacio. Y ojo que no es por el hecho de ser mujer, es simplemente por el hecho de ser yo. Obviamente de científica no tengo ya ni la calculadora Casio esa larga de tapa negra en la que ponía el machete de todo el semestre así la materia no tuviera nada que ver con números. De atleta no tengo ni el pie, afortunadamente, pero me canso corriendo media cuadra y no hago ni media lagartija así me prometan helado de recompensa. Desafortunadamente mi mullido abdomen y mi frágil cuello difícilmente me responden a un “g” de gravedad, ahora imagínense someter tan blandas partes a tres, cuatro, cinco o más unidades durante las maniobras de despegue y reentrada, ya se imaginaran quien será a la que tengan que sacar cargada del trasbordador o la que probablemente termine vomitándose dentro del casco. Por cierto, no esperen nada bueno de mi interacción con el traje espacial, lo más probable es que me quede alguna hebilla sin abrochar o no dé para enroscar las partes móviles de la manera exacta porque yo soy la clase de persona que no pasa media hora sin tener que volver a amarrarse los tenis porque nunca le cuadra el moñito y que casi siempre le toca reiniciar la abotonada de la camisa porque le quedó coja de un extremo. Eso por no mencionar que no me hace ni cinco de ilusión ir a pasar semanas sin agua y jabón, porque ya saben que en caso de apocalipsis zombie, si no muero mordida, fijo me muero del asco al tercer día de no poder bañarme yo o los que me rodean. Después de todo esto todavía queda la duda de que es exactamente lo que iría yo a hacer al espacio que justifique la inversión y el esfuerzo. ¿Iría a hacer lo mismo que hago cuando voy de viaje? ¿O sea ir a tomarme fotos pendejas y después regresar a escribir algún blog flojongo al respecto? ¿Quién necesita una contadora-escritora para una misión espacial? Ni los episodios más hueseros de relleno de la peor serie de Star Trek se adentraron nunca a explorar tan escabroso escenario.

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Live long and prosper, bitches.

Pero si por alguna macabra ironía del destino, llego a poner cualquier parte de mi en una nave espacial con destino no-la-tierra, sugiero a mis compañeros de viaje que pongan pies en polvorosa (nunca mejor dicho), que hagan huelga, se amotinen o lo que sea necesario para impedir que yo vaya con ellos, porque además de no aportar nada edificante, soy un desastre ambulante en condiciones físicas conocidas. Me tropiezo con todo como cucarrón mierdero, rompo cosas delicadas, no sigo el método científico, necesito notas para todo, no soy capaz de formular hipótesis a partir de observaciones directas ni de contribuir a un juego de teléfono roto, ahora menos de comunicar efectivamente cosas importantes por radio. El día que haya que maniobrar un acoplamiento de equipo, lo más probable es que yo piense que se trata de un evento de coplas y me ponga  a recitar algo de Rafael Pombo, o sea más perdida y estorbosa, imposible.

Mejor dicho, si algún día están embarcándose hacia la frontera final, y ven que yo voy subiendo a la nave, sepan que tienen más posibilidad de sobrevivir un viaje con el octavo pasajero que conmigo. Quedan advertidos.

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El abuuuso

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El del dedito

Es septiembre en F1 lo que significa que ya los bonches que se iban a armar por la pelea del título se armaron, que los chismes ya se supieron y que los que no tienen chance de ganar pues ya se dedican a preparar la próxima temporada. Pero eso no significa que a los fanáticos se nos haya bajado la fiebre, así ya el careplancha de Vettel tenga asegurado el campeonato con su carro mágico e inalcanzable. No los voy a aburrir con la reseña de mi ida al gran premio porque para los que son verdaderos fans son ridiculeces de principiante y para los que no lo son, pues no les interesa, pero baste con decir que buena parte del disfrute de haber ido a fórmula 1 en vivo durante el régimen del alemán, fue precisamente ir a decirle en su cara (de bien lejos, pero en persona) hasta del mal que se iba a morir y en varios idiomas.

Tampoco me voy a explayar en los orígenes o razones de mi desbordado afecto por Fernando porque creo que los cuatro gatos que me conocen y me leen se saben de sobra el cuento de cómo la Alonsomanía me atropelló durante mi periplo ibérico y me hizo pasar de espectadora casual de F1 a ingeniera habladora de mierda, madrugadora fija y estratega geopolítica de las altas esferas automovilísticas mundiales. También porque creo que los resultados del asturiano hablan por sí solos y no hace falta confirmar que es el tigre más bravo del circo, así el payaso sea el que se lleve los premios. Lo que si voy a hacer es debatirle al Virutas este artículo http://www.laf1.es/articulos/virutas-de-goma-abucheadores-mundo-unios-tiraos-todos-desde-mismo-puente-91576 en el que me sugiere que me bote por un puente por haber tomado parte en la monumental chiflatina que se llevó Vettel junto con su trofeo del gran premio de Monza hace unas semanas.

Muy bien argumentado el artículo, en verdad no hay mucho que discutir porque Vettel es el que se lleva el primer puesto de todo cada domingo y eso, por más que adore a Alonso, ya no tiene remedio esta temporada. Pero lo que no puedo aceptar es que se me niegue mi derecho al abucheo al que me resulte merecedor en este o cualquier deporte, y nadie esta más merecedor ahora mismo para ser rechiflado que el del dedito. Tampoco se confundan, que la bulla no es porque despierte pasiones, es más bien porque no provoca nada de nada en esa repetición de la repetidera del tercer o cuarto campeonato de Schumacher, que era otro alemán inmamable pero al menos movía a las masas porque había drama de sobra para la telenovela. Es que no tiene gracia porque no hay sorpresa, no hay expectativa de lo inesperado, no hay visceralidad alguna de la que uno, como espectador más o menos dedicado se pueda agarrar.

A mi Vettel me la pela, lo escribo sin vergüenza alguna, porque no me mueve la aguja en lo más mínimo ni como piloto, ni como personaje, ni como imagen ni como hombre siquiera (para eso está Jenson). ¿Entonces que me queda cuando el más simplón de los simplones gana y gana sin que haya nadie de los interesantes que se le acerque siquiera? Obviamente expresar mi frustración a punta de abucheos, que tampoco es el fin del mundo. Nadie se ha muerto de un exceso de “buuuu” o de que le hayan mentado la madre cincuenta mil personas al mismo tiempo. Si así fuera, no quedaría ningún jugador de fútbol vivo. Y no digan que es incitar a la violencia porque si he estado en un evento pacífico en mi vida, tiene que haber sido en esa carrera. Listo, allá nos paramos frente al podio y nos desgañitamos para que se notara el descontento y cinco minutos después todo el mundo feliz tomándose fotos, riendo y abrazando gente con camisas y banderas de todos colores, equipos y pilotos, hasta de Vettel y Redbull. Sinceramente, no le veo lo grave a que la gente haga notar lo que no le gusta, especialmente porque así sean fanáticos de cable, algo hay que pagar para ver las carreras, y si me he pegado el viajecito hasta el corazón de la nación ferrarista, comprado entrada y puesto pies y nalgas para ver en vivo la competencia que me apasiona, lo mínimo que espero, es poder dar rienda suelta a todo lo que esta me inspira, eso sí, dentro de la legalidad y la sana convivencia con otras personas.

Libertad de Expresion

Libertad de Expresion

En conclusión: a) Que abucheen a Vettel o a quien gane, que no sea de Ferrari, en la mítica carrera de Monza, es de esperar. b) Que chiflen o insulten al que le daña el caminao a Alonso en la carrera de Barcelona, más que obvio que va a pasar. c) Que la rechifla se repita fuera de esas dos circunstancias en casi cada carrera de esta temporada…pues bueno, parece que no soy yo la única aburrida de ver el dedito victorioso que se pasa cuarenta o cincuenta vueltas rascando una nalga mientras los demás hacen como micos para tratar de no dejarse doblar muy pronto.

Si estoy de acuerdo en que chiflar y abuchear a Vettel por ganar no es bonito; es divino.

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Las millas de los años

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No tiene nada de raro que hoy vayamos a coincidir en el mismo aeropuerto sin encontrarnos, después de todas las millas recorridas entre ambos, y lo frescos que somos para viajar, lo raro sería que estuviéramos en el mismo vuelo.
Pero el cambio es solo de locación. En unas horas, y en un aeropuerto al que generalmente vamos juntos, volveremos a buscarnos entre el gentío para abrazarnos y besarnos. Como fue en Barcelona hace 10 años y como sigue siendo cada vez que agarramos las maletas. No se la distancia pero se que hemos ido y regresado de lejos, pero no tan lejos como quisiéramos. 10 años de maletas, pasaportes, reservas, hoteles, metros, trenes, taxis, carros, bicicletas, entradas, monumentos, ruinas, museos, fiestas, conciertos, deportes. 10 años de recoger mugres nuevas en las chancletas, sellos en los documentos y cajas llenas de facturas, tiquetes, catálogos, bolsas y hasta certificados. 10 años de buscar la maricadita perfecta para recordar la visita, llevarla a la casa y ya no tener espacio para ponerla. 10 años de pasar por seguridad y pesar el equipaje sin fallar una sola vez.
Y lo que nos falta.
Te veo en Ibiza.

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Entre tanto, en el salón de la justicia…

Nota para mi mami: Mami, Haz click en el triangulito de la foto.

Por más que los canales públicos insistan en que los superamigos en televisión solo tienen esa serie borrosa de los 80s con los poderes de los gemelos fantásticos, el súper perro y otras atrocidades similares, la verdad es que series y películas animadas se siguen produciendo para contar las aventuras de los héroes más queridos del universo (del universo de DC comics, no de Marvel).

Como ahora ya es socialmente aceptable conocer los pormenores de los orígenes en papel de Superman, Batman, la Mujer Maravilla, Flash, Linterna Verde y todos los que no han todavía firmado contrato para una trilogía hollywoodense, pues hay un menú variado en tv y DVD para satisfacer ese vacío post-verano de súper héroes. Últimamente ando repasando todo lo que Netflix tenga de Justice League. No solo hay montones de historias diferentes, sino también universos paralelos y alguno que otro actor poniéndole la voz a quien uno quisiera que le pusiera también la cara. (Si, me refiero a Nathan Fillion haciendo de Linterna Verde).

Así que para los que quieran algo más moderno que el batimovil de los 60s y los chores atrapapeos de las muchachas, hay películas y series donde Batman es mas Christian Bale que Adam West; donde Aquaman demuestra poderes mas allá de ir de banderilla de un delfín; donde Flash pasa en cámara lenta para hacer un chiste y donde la mujer maravilla le da en la jeta Superman de tu a tu. Pero no se confundan, ella parece no tener problema alguno con los miembros del salón de la justicia; al punto que le gusaneó el marido a la reina de Atlantis tan fácil como pone su lazo dorado al servicio del grupo. Y por cierto, ¿Que afán el de algunos enmascarados de visitar la hermosa isla de Themyscira y someterse a su sistema judicial, no? Mami, en las letras en negrilla tambien debes hacer click.

Bueno, tal vez esas son otras amazonas pero el caso es que las cosas locas, de las que los productores de cine se abstienen por miedo a perder audiencia, son el pan de cada día en estas versiones animadas. ¿Qué ya el cuento de los papas de Bruce Wayne asesinados a la salida del teatro sabe a cacho? Solucionado con echar mano de uno de los comics de universo paralelo. ¿Que tal si el que murió esa noche en el callejón fue el niño; y el doctor Thomas Wayne es el que decide lanzarse a las calles a combatir el crimen como Batman? Y pues la pobre señora Wayne no halla como elaborar su duelo más que convirtiéndose en… Mejor lo dejo hasta ahí porque después dicen que les arruino el canon del personaje.

No estoy siendo malagradecida con la ola de películas de superhéroes de carne y hueso. Es muy agradable ir al cine, pagar lo que vale media tanqueada del carro por la boleta, ponerse las gafas 3D y por fin poder ver a Superman con los calzoncillos dentro del uniforme, o a Hal Jordan interpretado por los abdominales de Ryan Reynolds, pero creo que ya es hora de que vayan buscando otras historias que contar, porque la madre que si me vuelven a mostrar el cráter que dejó la capsula proveniente de Kriptón, o el accidente de laboratorio que da súper poderes, le voy es tirando crispetas a la pantalla como si estuviera en el Cinerama 84 en el estreno de Retroceder Nunca, Rendirse Jamás 2.

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Pacific Rim

Un poco de referencia

Un poco de referencia

Últimamente ir a cine se ha convertido en una experiencia abusiva. Para empezar esta el asunto del parqueadero, el cual ya había mencionado en un post del otro blog, luego las entradas ya van rozando los veinte dolores por persona, y como si no les bastara con eso, cualquier crispeta trasnochada con medio litro de gaseosa aguada lo despoja a uno del último billetico de a diez que tenga en el bolsillo. Pero ese es tema para otro post. Hoy presento mi reseña de la película “Pacific Rim” dirigida por Guillermo del Toro, versión IMAX y 3D. Si el nombre no les suena es porque probablemente le pusieron un título en español que ni por ahí, algo como “Los cazadores del Pacífico” o quien sabe que otra atrocidad. Esta es la advertencia de que si, se quieren ver la película, mejor no sigan leyendo porque esto está lleno de spoilers.

Para empezar, el director es Del Toro, la misma mente maniática que ha brindado al mundo obras de arte como El Espinazo Del Diablo, Hellboy y El Laberinto Del Fauno, este año nos deleita con un hermoso popurrí de película-desastre en el muy japonés estilo del robot gigante que pelea por los humanos. La premisa es que hay un portal a un agujero de gusano que transporta monstruos prehistórico-godzillicos a nuestro planeta en un futuro no muy distante. Dicho portal se encuentra en lo profundo de la cuenca del océano pacífico y de ahí deriva el titulo de la cinta. Los monstruos llamados “kaiju” (bestia) se dedican a pisotear cuanta infraestructura humana encuentran a su salida del mar, o sea que la tumbada del puente Golden Gate en San Francisco no se hace esperar, y así nos van narrando como la humanidad respondió a estos ataques con la creación de los “jaeger” (cazadores), que básicamente es un homenaje a Mazinger. De ahí en adelante pues no es difícil prever que va a ser un festival de aleaciones varias salpicado con destrucciones masivas de ciudades y una cantidad hermosa de detalles acerca de cómo funciona y se mueve una maravilla tecnológica tan avanzada que requiere no uno, sino dos humanos sincronizados a nivel neuronal para operarlo.

Visualmente, es un ataque constante a la retina, pero uno de esos ataques bonitos. La atención que el director presta a los más mínimos detalles que nos permiten captar la verdadera inmensidad de los robots defensores es casi dolorosa. Pero no sería una película de Guillermo Del Toro si no fuera así, y la verdad es que así fuera un debate del congreso, este señor encontraría la manera de maravillarnos y dejarnos boquiabiertos solo con mostrarnos las corbatas o los escritorios. El 3D es adecuado para darle profundidad al universo y no se siente como una violación al centro del cerebro. En resumen: no me causó una migraña de tres días.

No voy ni a molestarme en comentar lo malo de las actuaciones, solo diré que Idris Elba puede devolverse a seguir de guachimán del puente del arco iris en Thor, porque ni con todo lo bien que el actúa logra rescatar al resto del elenco. Digamos que si ponemos música durante los diálogos, no nos perdemos de mucho y todavía se puede seguir la historia sin contratiempos. Con respecto a la música y el sonido diré que la banda sonora es perfecta porque logra capturar ese sentido de grandeza de los gigantes en conflicto, pero el volumen al que ponen la película en el teatro es casi tan absurdo como el precio de las boletas. O tal vez es que ya me estoy volviendo vieja para eso también.

Entonces que es Pacific Rim? Muy fácil: Es parte Mazinger con CGI, es parte Power Rangers con presupuesto y otra parte Godzilla y sus amigos. Es una película que me dio en el centro de la nostalgia de cuando Koji Kabuto se subía al centro de comando del cerebro transparente de Mazinger y salía a darse en la jeta metálica con quien amenazara al Japón en ese episodio. Pensándolo bien, creo que entre media cara del barón Ashler y un teti-cohete de Afrodita hay más talento que entre la partida de modelos de abercrombie & fitch que reclutaron para salvarnos de los monstruos que no pasaron el casting para Jurassic Park.

4 butifarras. Vayan a verla.