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Confesiones de una #pocosfollowers

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Problemas del primer mundo

Tuiter es una de esas cosas que uno no sabe bien que es hasta que se mete en ellas y cuando las viene a entender, ya es muy tarde para arrepentimientos.

Todo comenzó como comienzan las cosas del internet, sin sentido o propósito definido. Como cuando en 1994 le dije a mi papi que necesitábamos internet en la casa y el dijo: “¿Enterqué?”, a lo que yo contundentemente repliqué: “Mira papi, no te lo puedo explicar ahora, pero internet es para donde va el mundo y no podemos quedarnos atrás”. En retrospectiva, todavía no se si mi papi compró el computador con fax modem porque confiaba en mi y en mi visión de futuro o porque era más barato y menos doloroso que escucharme exponer los detalles del estado de las telecomunicaciones modernas del siglo XX. Pues algo similar me pasó con Tuiter, donde tengo cuenta desde mucho antes de tener plan de datos en el celular pero que nunca usé hasta el 2012.

La verdad no entendía muy bien cómo funcionaba y el password se me olvidaba cada dos días, así que lo primero que hice cuando conseguí una panela pre pagada con plan de datos, fue instalar el app y dejarlo conectado permanentemente. Acto seguido me dediqué a encontrar a la gente que quería seguir, o sea al elenco de todas las star trek habidas y por haber, los tipos buenos que antes no podía acosar por otros medios y los muy contados amigos que ya usaban Tuiter. Escribí en mi bio algo así bien elegante y auténtico sobre mí misma, escogí un fondo de TL con florecitas y decidí adoptar el nombre de mi heroína noventera, Daria Morgendorffer como Nick aunque mi arroba fuera mi muy original y telenovelesco nombre verdadero. Luego quedaba lo de la foto del avatar por resolver, para lo cual le tomé una foto al primer gato que se me atravesó en la casa y listo, solo era cuestión de sentarme a esperar que las masas descubrieran lo divertido e interesante de mis apuntes, lo maravilloso de mi libro y mis proyectos de libro y me llegaran los seguidores por miles.

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La emocion

Pues eso no pasó nunca porque, al igual que en la vida real, eso de ser auténtica solo da para que muy poca gente lo aprecie, lo cual esta fielmente reflejado en el número de seguidores que tengo actualmente. Intenté contar chistes, poner fotos, promocionar los blogs; nada. Era como si no hubiera clientela para esta personalidad que tanto triunfa en el cara a cara. Llegué a cuestionarme muy seriamente si tal vez debería crear otra versión de mi misma que fuera más atractiva que la verdadera yo, pero como la clonación todavía es ilegal en casi todo el mundo, me tocó conformarme con tratar de abrir otra cuenta a ver si nadie se pillaba que era yo y ahí si me iban a llover los seguidores. Tampoco fue por ahí la vaina porque eso de la doble identidad solo se lo maman Batman, Superman y algún tipo casado de esos que pegan cachos hasta con el palo de una escoba.

¿Entonces qué me quedaba? Pues hacer una tuitcam, lógicamente. El problema de Tuiter es que me limita a 144 caracteres cuando yo soy de muchas, muchísimas palabras. Esa era la solución; iba a transmitir un monologo tertuliado en vivo vía internet para que quienes no me conocieran supieran de lo que se estaban perdiendo al no seguirme en Tuiter. Anuncié la tuitcam, me maquillé, me peiné y puse la camarita del laptop. Apenas abrió tuitcam, puse música de mi selecta colección (algún punchis noventero minitequero), invité a mis gatos a hacer cameos y empezó a subir el conteo de espectadores del evento. ¡Estaba funcionando! Todo era risas hasta que quité la música y empecé a hablar. Ahí si se fueron yendo los espectadores como quien huye de un ascensor peado. Y eso que pasé una hora y media disertando sobre las implicaciones logísticas, geopolíticas, socioeconómicas y morales del apocalipsis zombie. Pero al parecer al pueblo no le preocupa que el mundo se vaya a acabar así y me ignoraron vilmente como si yo fuera una loca por tratar de abordar objetivamente y apoyada en argumentos sólidos un tema que me preocupa y me concierne. En fin, fue un desastre lo de salir en tuitcam.

Ya no me quedaban muchas opciones, así que le asigné a mi Tuiter un valor nominal de tres tiras del pellejo de la predilección de mis pocos seguidores y me dediqué a narrar la temporada 2013 de Formula 1, que estuvo tan aburrida después de Mayo, que alcancé a vislumbrar una esperanza de por fin triunfar con mi sagacidad automovilística y bagaje cultural internacional. Resulta que al pueblo tampoco le gusta leerme garoseando a los pilotos del Formula 1 o carboneando los chismes de la “silly season”.

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Es culpa de Jenson Button

Y así me va en las redes sociales; tal cual como en la vida misma donde tengo poquísimos, contados seguidores, fieles a morir sin importar cuanta pendejada escriba o que tanta pena ajena les haga dar allá o en persona. En cuanto a lo de conseguir followers, pues siempre puedo mandar a fotochopear alguna foto del 2003 a ver cuántos incautos pesco con el avatar…o puedo hacer otra tuitcam para profundizar en las ramificaciones culturales del abuso de los memes en internet. Que digan mis pocos followers que prefieren.

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